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¿Qué ciudad queremos?

Se impone elevar el nivel del debate sobre la ciudad y no privilegiar urgencias políticas coyunturales o intereses de una minoría, por sobre una planificación seria, integral y profesional que integre a todos los habitantes de la ciudad.



Dos constantes históricas caracterizan el devenir de la Buenos Aires actual: el crecimiento espontáneo y la ausencia de preservación de su patrimonio arquitectónico.

En el perfil irregular de sus barrios, la aparición esporádica de edificios de 8 o 9 pisos en las zonas de alta y media densidad (máxima altura posible para los lotes de 8,66m) entre las casas bajas, la cruda presencia de sus medianeras, es un claro exponente de la primera característica.

La mutilación del Cabildo, la destrucción de la recova en la Plaza Mayor de la ciudad, la desaparición del pasaje Seaver, entre otros muchos, son dramáticos ejemplos de la segunda.

Las movilizaciones de algunos vecinos de ciertos barrios de Buenos Aires, ocurridas en el último año, como reacción a una “explosión” de la construcción, (producto de circunstancias económicas y políticas que no es mi intención profundizar), presentan una oportunidad histórica: la de debatir qué ciudad queremos los porteños.

Nadie puede disentir con los reclamos acerca de la necesidad de modernizar y ampliar tanto la infraestructura de servicios como el equipamiento urbano, imprescindibles para acompañar el crecimiento de la ciudad. Y el estado, tiene la obligación de satisfacer estas necesidades, porque para ello recauda los impuestos.

Pero la discusión de fondo, la plantean aquellos que piden conservar la fisonomía de sus barrios y consecuentemente, aunque no se explicite de esta manera, oponerse al ingreso de nuevos vecinos a los mismos, ni siquiera, el de sus descendientes. Ellos han entrado al “paraíso” y ahora, pretenden cerrarlo.

Seguramente, nadie se ofrecería para integrar mesas de debate, que analice el diámetro de las cañerías, el cálculo de las estructuras de las obras, etc. Sin embargo, hoy, en Buenos Aires, todos somos urbanistas: los vecinos, los periodistas, los gobernantes: conocemos la ley 123, el FOT, llamamos torres a cualquier construcción que supere los 13,5 mts. de altura, calculamos proyecciones de sombras etc.

Los sucesivos cambios de código, con pautas edilicias acordes a ingresos del primer mundo (ensanches de escaleras, ascensores camilleros, porterías obligatorias, etc) no han hecho más que encarecer los costos.

La reciente re-zonificación de sectores de Caballito, Palermo y Colegiales, es la culminación de un proceso en el que la demagogia, unida a la ignorancia completa de las reglas de esta actividad, ha puesto en jaque, no a los “especuladores inmobiliarios” (que seguramente se encaminarán hacia otros rumbos) sino principalmente, a quienes más necesitan de soluciones inteligentes: los aspirantes a una vivienda digna.

La nueva medida, que prohíbe exceder los cuatro pisos, pone en riesgo de muerte, el futuro de la construcción en dichas zonas: amortizar el costo de las fundaciones, de un hall de entrada, de un ascensor, de una caja de escalera, de una portería (al momento de escribir estas líneas desconozco si se eximirá de esta obligación en dichos casos), de excavar un subsuelo (a menos que prohíban también la adquisición de automóviles a los aspirantes a vivir en estos barrios “paradisíacos”), de una azotea con sus aislaciones y además absorber los costos indirectos del proceso de construcción, todo ello para 4 pisos en lotes de 8,66 (que son la mayoría), es poco menos que imposible.

El encarecimiento directamente proporcional de las expensas, por la reducción de unidades para soportar costos irreductibles (portero, administrador) completará la tarea de disuadir a los pocos inversores que hubieren quedado con alguna duda, si de apuntar a viviendas accesibles se tratara (o pensaron que Caballito y Colegiales son el próximo “Puerto madero” de la Capital?)

Las consecuencias de esta “solución a la demanda de los vecinos” sólo pueden ser dos: la abstención de construir, o la posibilidad de hacerlo a un costo entre un 30 y un 40 por ciento más caro que en la actualidad, en la que de por sí, la inflación, la carga impositiva y la ausencia de crédito han hecho lo suyo para excluir a la mayor parte de la población, del acceso a la vivienda.

Tan importante como preguntarse qué ciudad queremos, es interrogarse, simultáneamente: qué ciudad es posible y sobretodo, cómo hacerlo.

La voz de los vecinos debe ser escuchada, es bueno que haya ciudadanos preocupados y comprometidos con su ciudad y exijan de sus gobernantes, el cumplimiento de sus obligaciones.

Pero la planificación de una ciudad, y más aún tratándose de una megalópolis, es lo suficientemente compleja y difícil, como para ser debatida, solamente, como una cuestión política. (que obviamente, también lo es).

La Argentina, tiene, paradójicamente, (digo esto porque ninguno de ellos ha sido nunca consultado en los innumerables cambios de códigos) una tradición de excelentes arquitectos, algunos de ellos, de fama y trascendencia internacionales.

Es imprescindible, que la conducción del debate y finalmente, el rediseño de la ciudad, sea una tarea encabezada por ellos.

Alejandro Aizersztein
Arquitecto y desarrollador inmobiliario. Director de KAS S.A.
alejandro@estudioaiz.com



© ReporteInmobiliario.com, 2003-2007, Lunes 10 de diciembre de 2007.



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