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REPORTAJE

Entrevista a Alan Faena

Sus orígenes como empresario, sus conocidos y amigos. Retrato de un autodidacta. Entrevista realizada por la periodista Luciana Vázquez para su libro "La educación de los que influyen. ¿Vale la pena estudiar en Argentina", de Editorial Sudamericana, reproducida también en Revista Noticias.



“¿Amigos o conocidos?”, le pregunto a Alan Faena. “Conocidos”, reconoce. Hablamos de esos contactos clave que desde los dieciocho años le vienen permitiendo concretar todos sus sueños.

Entre los milagros hechos realidad, está el universo Faena en Madero Este, el barrio más nuevo de Buenos Aires. Antes estuvo Via Vai, la marca de ropa. Otro exitazo. La pregunta sobre amigos y/o conocidos no es menor. A fines de los 90, este argentino ignoto se hizo “amigo” de Philippe Starck y lo entusiasmó para diseñar sus edificios. Starck no es cualquiera: es uno de los arquitectos y diseñadores clave en todo el mundo. Y Faena no le mostraba mucho: un montón de escombros y edificios derruidos en el medio de otro montón de yuyos y arbustos. “Las ruinas mayas”, dice Faena que parecía la orilla este de Madero cuando el mundo Faena todavía era pura potencia.

Después, tuvo nuevos “amigos”. Sus inversores: Christopher y Robert Burch, Austin Hearst y Len Blavatnik. Los Burch son dueños del fondo de inversión norteamericano Red Badge; Hearst es el mega empresario periodístico, nieto de William Randolph Hearst que inspiró a Orson Welles para su película El Ciudadano; y Blavatnik es el accionista principal de la petrolera Acces Industries.

Para arrancar y comprar el primer edificio en Madero había que tener 11 millones de dólares. “Millones y millones y millones. Estaban totalmente fuera de mis posibilidades. Es muy atípico que un chico como yo se meta en un negocio como éste.” Pero igual lo hizo. “Mis socios son superpoderosos del mundo. Vas a Internet y están entre los 400 más ricos del planeta. A esta altura ya somos grandes amigos.”

Faena habla de “amigos” que abren puertas, confían e invierten millones de dólares como si hacer relaciones de tanto poder fuera igual de fácil que tener onda con el vecino de enfrente para un partidito de fútbol cinco. Por eso mi duda: ¿amigos o conocidos? “Conocidos”, me dice. ¿Conocidos de dónde?, ¿Conocidos cómo?, me intriga. ¿Cómo es que un “chico”, según él mismo se define, hijo de inmigrantes judíos metidos en la industria textil, sin más estudios que un secundario hecho a desgano y a los tropezones, sin prosapia, sin fortuna familiar, sin créditos de los bancos, que jura no saber nada de negocios, logró tanto, tan resonante y en tan poco tiempo?

El nuevo mundo
La historia de Via Vai empezó cuando Faena tenía dieciocho años. No bien terminó el secundario. Pasó por varios colegios pero a él le gusta decir que su educación “estuvo dada en el colegio Saint John’s”. Quedaba en Martínez. “Una escuela bilingüe”, me explica. Faena tenía que viajar todos los días desde Libertador y Malabia donde vivía. Por eso al final del secundario se cambió. “Terminé en otro colegio. Ya había hecho primaria y casi todo el resto en el Saint John’s. Se trataba de terminar el secundario”.

Los colegios y Faena no eran una buena combinación. “No me daba mucho con esos lugares. Hasta el día de hoy lo siento así: nunca me ha gustado mucho la escuela.” Sus memorias anti escolares llegan hasta el kindergarten. Desde chiquito, dice, escapó de las instituciones y los sistemas disciplinarios.

Sin embargo, hubo algo que aprendió en el colegio. “Mi mayor experiencia de colegio”, la llama. Fue algo que vivió en segundo año del secundario. Faena se llevaba seis materias. “Y estaba uno de mis mejores amigos que era el líder de la clase. Se llamaba Tapia. Y no se llevaba ninguna.” Si Tapia no se llevaba ninguna, por qué se las iba a llevar el chico Faena. Y entonces el pequeño Alan se sobrepuso y no se llevó ninguna materia. “Si otro puede, porqué yo no voy a poder. Eso fue lo que entendí.”

Del colegio no conserva amigos. “Yo siempre iba muy rápido. He pasado por muchas circunstancias y grupos de gente y amores y nunca volví atrás.”

La universidad no era una verdadera opción para Faena. “Igual tuve mi período de universidad de quince días”, confiesa. Se refiere a la Universidad de Belgrano, donde empezó Arquitectura. “Yo sentía que ir a la universidad era dar ventajas. Porque para mí, estar ligado a instituciones masivas y repetitivas, como el colegio y la universidad, era olvidarme de mí mismo. Cuanto más insistiera con ese camino de repetición, más me iba a perder.”

Faena sabía lo que tenía que hacer: recorrer su propio camino. Y con dieciocho años cumplidos se fue a París. Se instaló en Saint Tropez con novia francesa. En una “casa divina”, de un chico argentino. “Él era mucho más grande que yo. Tenía mucho dinero.” —¿Era un amigo de antes que reencontró cuando llegó a París? —No. Teníamos un amigo en común y entablamos una amistad. —¿Qué hace que establezca relaciones de confianza con tanta facilidad? ¿Carisma? —Carisma es una palabra muy abstracta. Yo diría que más bien es la conexión necesaria —contesta Faena, enigmático.

Faena se entregó a lo que le dictaba su instinto: “Empecé a vivir, a conocer el mundo. A ver. Empecé a tener mis vivencias y esas historias de amor”. Los viajes ida y vuelta Europa-Argentina empezaron a sucederse. Traía ropa y la vendía en Argentina. “Empecé a fabricar y vender –dice–. Y me ganaba 10 mil dólares y con eso tenía para vivir los próximos meses. Y así empecé. Pero nunca tuve la sensación de que mi camino se estaba definiendo. Era nada más que una sensación de tranquilidad en el día a día”, se acuerda. Por entonces lo acompañaba Paula Cahen D’Anvers, que era su pareja.

Así sin querer, cuando cumplió veintiún años, Faena tenía una compañía que empleaba a unas cuarenta personas y contaba con unos cuarenta locales. La marca ya estaba creada: Via Vai.

La calle
Faena tenía tan sólo veintidós años y Via Vai ya era un éxito. “Cuando la gente egresa de la universidad, a los veinticinco o veintiséis, recién empieza y se mete en el mundo pero una cosa es tener la teoría y otra cosa es la práctica, la calle”, compara. Él tenía calle: “Yo estaba en el mundo desde los dieciocho. Me había hecho de abajo con el cuchillo entre los dientes”.

Con Via Vai, Faena y Paula lograron lo impensando: vender en la mismísima Europa. Era ropa distinta, muy sexy, me explica. “Marcaba mucho el cuerpo porque usábamos una mezcla de lycra y algodón que después se popularizó.” El muchacho sabía de telas. Poco antes de terminar el secundario, había empezado a trabajar con su padre en la empresa textil de la familia.

Faena me cuenta la historia de los suyos. Los Faena son judíos sefardíes echados de España, que se refugiaron en Siria. Los primeros en llegar a Buenos Aires desde Damasco fueron sus abuelos. Fue en 1915. Jaime Daúl, que se asentó en Barracas y se casó con Sarah, la abuela materna de Faena. Era el rabino de toda la comunidad sefardí de Barracas. El abuelo paterno, Slan Faena, primero se instaló en Escobar. Después puso un negocio de Ramos Generales, muy pequeño y humilde. Los negocios le salieron bien. Así fue que la familia se mudó a Barracas. Allí el abuelo Faena empezó un negocio textil. Con el tiempo, se convirtió en una gran empresa, Industria Aslana.

“Yo vengo de esa mezcla de comerciante y de rabino”, asegura Faena. A la muerte del abuelo, sus hijos continuaron con el negocio. El padre de Alan, Víctor Faena, fue uno de ellos. Se había casado con Elisa, “muy madraza, muy cocinera”.Vivían en Barracas hasta que, en los años de prosperidad de Aslana, se mudaron a Belgrano. Tuvieron siete hijos. Dos mujeres y cinco varones. Alan es el segundo y el mayor de los varones. Pero con el menemismo, Industria Aslana se derrumbó. “En tres o cuatro años quebró lo que les había llevado sesenta años construir. Son esas locuras que pasan en estos países donde no hay respeto por el que construye la Nación.”

Mientras tanto, la segunda generación de los Faena en la Argentina, seguía con sus éxitos. Via Vai se volvió un clásico. “Se fue generando una empresa que terminó facturando 30 millones de dólares. Había empezado desde cero.” Cuando cumplió treinta y dos años, Faena vendió Via Vai.

Eureka
Y se fue a la casa que tiene en La Boyita, Uruguay. Vivía de sus ahorros. Veía pasar las ballenas. Gastaba poco. No tenía celular. “No había ningún proyecto que me interesara.” Por suerte los ahorros se iban acabando. “Eso me empujaba. Había que ponerse las pilas.” Y se puso a pensar. Y pensó que había triunfado en un negocio muy efímero. La moda. Pensó que entonces que le gustaría encarar algo “que perdurara en el tiempo”. Y se dijo: “¿Por qué no consigo un edificio que de alguna manera pueda traer el mundo a la Argentina y al mismo tiempo, pueda proyectar algo hacia el mundo?”.

Alguien le habló de los silos de Madero Este. Y vio el edificio. Y se puso a pensar quién lo podría hacer. Y siguió pensando a lo grande. Y se le ocurrió Philippe Starck. “Total, para bajar hay tiempo”, se dijo.

—¿Ya estaba en ese punto del camino en el que todos le atienden los teléfonos?

—No.

¿Cómo logró contactar a Starck, entonces, y sumarlo al proyecto? Faena menciona a Claude Challe. Challe es lo más parecido a Alan Faena que tiene París. Nació en Turquía pero conquistó Europa. “Príncipe de la noche.” “Origen del movimiento hippie chic.” En pleno Mayo del 68, Challe se consagró como el coiffeur preferido del jet-set internacional. En el 96 se le animó a la música. Desde hace veinte años que Challe hace bailar a lo más selecto de la movida europea. En el 92 abrió El Divino, en Ibiza. Challe también fue el factótum de la reapertura de los Bains Douches, allá por 1978. Por una década, Bains Douches se convirtió en “la” boite de París. El reciclaje del lugar por entonces, estuvo a cargo de un íntimo de Challe, el mismísimo arquitecto francés Philippe Starck.

En algunos de sus viajes Challe llegó hasta Punta del Este. Y pasó por La Boyita, la casa de Faena. El hogar playero del argentino es una especie de embajada, le gusta decir a Faena: Cuando el argentino supo que Starck era su hombre, recurrió a Challe. Alcanzó un llamado de teléfono. “Mirá. ¿Te acordás? Estuviste en mi casa”, le dijo Faena. El francés le dio el teléfono de Starck al instante. Faena lo llamó: “Me dio entrevista para unos cuantos meses después”.
Y se encontraron. En París. A Starck lo sorprendió la aparición. Como en un gran acto de magia, Faena sacó mates y yerba de la galera. “Llevé mates de regalo. Les mostré a todos cómo se tomaba.” Llegó también con su sombrero de siempre. De blanco. Botas texanas. Y poncho. “Yo fui como estaba. Vivía en Punta del Este. No me disfracé de hombre de negocios. Fui como vivía. Fui yo”.

Luciana Vazquez
lucianae.vazquez@gmail.com

Entrevista publicada en el libro "La educación de los que influyen. ¿Vale la pena estudiar en Argentina", de Luciana Vázquez, publicado por Editorial Sudamericana y reproducida en REVISTA NOTICIAS

© ReporteInmobiliario.com, 2003-2011, viernes 11 de febrero de 2011

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